La Maldición del Listón

ENGRANES DE PODER

Por Victor González Herrero @VicGlezHerrero

Hay pocas imágenes tan poderosas en la política como un “corte de listón”. Una obra terminada, funcionarios muy sonrientes, discursos optimistas, fotografías para las redes sociales y la sensación de que se cumplió un gran compromiso con el pueblo. Es el momento que todos quieren protagonizar y participar de la inauguración. El instante que ocupa las portadas, las cuentas oficiales y los informes de gobierno.

Pero hay una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿qué pasa a las semanas o meses siguientes?

Porque el verdadero reto de una obra pública no es construirla. Tampoco inaugurarla. El verdadero desafío comienza cuando los cámaras se apagan, los invitados se marchan y el inmueble, la carretera, el hospital o el parque tienen que demostrar, todos los días, que fueron creados para resolver un problema y mejorar la vida de las personas.

Ahí empieza lo que llamaría “la maldición del listón”.

Durante décadas, en México hemos desarrollado una cultura política que premia la inauguración, pero pocas veces reconoce la permanencia. Se celebra al gobernante que coloca la primera piedra y al que corta el listón, pero casi nunca al que garantiza que la obra siga funcionando cinco, diez o veinte años después. Como si el éxito de un proyecto se midiera por la ceremonia y no por los resultados.

Sin embargo, la gente no vive de inauguraciones.

Vive de hospitales que funcionen bien y atienden pacientes, de carreteras en buen estado, calles sin baches, de escuelas bien hechas y funcionales, de sistemas de agua que abastecen a las familias y de espacios públicos que conservan su utilidad con el paso del tiempo.

La diferencia parece sencilla, pero cambia por completo la forma de entender el servicio público.

Quienes hemos tenido la oportunidad de participar en el diseño, seguimiento y evaluación de proyectos dentro de la administración pública, sabemos que una obra nunca termina cuando concluye su construcción. Ese día apenas inicia una nueva etapa: la operación, el mantenimiento, la asignación de recursos, la evaluación de resultados y la capacidad institucional para sostenerla durante muchos años.

En otras palabras, una obra pública no se inaugura el día que se corta el listón; se inaugura todos los días que sigue cumpliendo el propósito para el que fue creada.

No hace falta ir muy lejos para encontrar ejemplos.

En Hidalgo, el nuevo Hospital General de Pachuca representa uno de los proyectos de infraestructura más importantes de los últimos años. Fue “inaugurado” durante las postrimerías de la administración de Omar Fayad Meneses con la expectativa de transformar la atención médica de miles de hidalguenses, no solo de la capital del estado. Sin embargo, el paso del tiempo ha evidenciado que la inauguración de unos edificios no significó que éste proyecto iniciara operaciones plenamente. Hasta el día de hoy, ni siquiera ha sido abierto.

Más allá de las razones administrativas, estructurales, de construcción, presupuestales, técnicas o jurídicas que puedan explicar esa situación, la percepción ciudadana es contundente: cuando una obra no funciona, poco importa cuántos discursos se pronunciaron o cuantas fotos se tomaron el día de su inauguración.

Y esa lección no aplica únicamente para un hospital.

Aplica para cada carretera que se deteriora antes de tiempo, para cada parque que pierde mantenimiento, para cada mercado que termina subutilizado, para cada sistema hidráulico que deja de responder y para cada edificio público que poco a poco se convierte en un recordatorio de que construir es apenas una parte del trabajo de gobernar.

Hoy Hidalgo vive un momento importantatísimo de inversión pública. Nuevos proyectos, infraestructura estratégica y obras que buscan responder a demandas históricas de la población. Es una oportunidad que merece reconocerse. Pero precisamente por ello vale la pena hacer una reflexión desde ahora: tan importante como decidir qué construir será garantizar quién lo operará, cómo se conservará y con qué recursos seguirá funcionando dentro de cinco o diez años.

Las grandes administraciones no son las que inauguran más obras. Son las que dejan instituciones más fuertes, infraestructura útil y servicios públicos que continúan dando resultados mucho después de que termina un sexenio o un periodo municipal.