Mundial 2026: La hora de la verdad en el Azteca

DE LA CUNA A LA CANCHA

Por Ricardo Zárate Ramírez. Llegó el día del todo o nada. Este martes 30 de junio, la Selección Mexicana se juega la vida en la Copa del Mundo en un duelo de matar o morir. El Estadio Azteca abre sus puertas a las 19:00 horas para recibir unos 16avos de final de alto voltaje ante Ecuador, un rival durísimo que nos obligará a dejar atrás los números de la primera ronda y a jugar con el cuchillo entre los dientes.

Si analizamos las cosas fríamente, el paso perfecto de México en la fase de grupos puede ser un espejismo. Es cierto que el cuadro dirigido por Javier “El Vasco” Aguirre avanzó ganando sus tres partidos y colgando el cero atrás. Pero hay que ser honestos: el orden táctico que nos dio para vencer a Sudáfrica, Corea del Sur y Chequia se va a topar esta noche con una potencia física y un ritmo de juego que este Tri no ha visto en todo el torneo.

Pensar que Ecuador se va a achicar por la mística del Coloso de Santa Úrsula es un error que nos puede costar caro. Aunque avanzaron con las uñas como uno de los mejores terceros, los sudamericanos vienen con el ánimo por las nubes tras firmar una hazaña histórica: ganarle 2-1 a Alemania (que fue eliminada ayer por Paraguay). Un equipo que ya sabe lo que es tumbar a una potencia mundial no va a parpadear frente a la tribuna del Azteca.

El gran dolor de cabeza para el “Vasco” Aguirre será cortar los circuitos de un mediocampo europeo. Ecuador tiene futbolistas de élite que juegan a otra velocidad, comandados por Moisés Caicedo del Chelsea y el central Willian Pacho del PSG. En el papel, la plantilla ecuatoriana vale casi el doble que la nuestra, y a esa jerarquía individual hay que sumarle el “colmillo” de tipos como Enner Valencia o el defensa Jackson Porozo, que conocen a la perfección las debilidades del futbolista mexicano por su paso en la Liga MX.

Mucho se habla de la localía, pero el tema de la altitud se debe comentar con bases científicas y no se debe subestimar. Es verdad que Ecuador tiene a Quito, una ciudad a casi 2,850 metros de altura -más alta que los 2,240 metros del Estadio Azteca-. El asunto es que prácticamente ninguno de sus seleccionados clave vive o juega ahí. Willian Pacho juega en el PSG a nivel del mar desde los 18 años; Piero Hincapié está en el Arsenal inglés y Moisés Caicedo lleva años en el Chelsea, ambos compitiendo también a nivel del mar. La biología es clara: si juegas diez meses al año en Europa, tus pulmones se adaptan a esas condiciones, perdiendo cualquier ventaja de nacimiento.

Por si fuera poco, en este Mundial la selección de Ecuador jugó su fase de grupos en Philadelphia, Kansas City y Nueva York, ciudades que están prácticamente a nivel del mar. Llevan un mes compitiendo en esas condiciones, mientras que la Selección Mexicana tiene ese mismo mes viviendo, entrenando y respirando en la altura de la Ciudad de México, donde el factor de la contaminación tampoco debe subestimarse.

Ecuador cumple apenas dos días de haber llegado a la capital. La gran duda de la noche será ver si sus figuras europeas podrán rendir igual en una ciudad donde, naturalmente, les podría faltar el oxígeno en la segunda mitad -justo como le ocurrió a Chequia-. Además, está el factor de la física: en la altura la presión del aire es menor y el balón viaja mucho más rápido, un detalle que suele cobrar factura en los trazos largos y en los disparos de media distancia.

¿Cómo se gana un partido de este calibre? Con inteligencia, oficio y haciendo pesar las condiciones de la casa. México necesita adueñarse de la pelota, no cometer errores en la zona baja, desgastar al rival mediante la posesión y que la ofensiva ande fina de cara al arco para vacunar en la primera oportunidad que tenga.

En los partidos de eliminación directa no hay mañana: un descuido atrás o un gol perdonado te mandan a ver el resto del Mundial por televisión. Hoy se acaban las palabras y los pronósticos de pantalón largo; la Selección Mexicana tiene que demostrar en la cancha si el liderato de grupo fue real o si solo tuvimos la geografía y la suerte de nuestro lado.