DE LA CUNA A LA CANCHA
Por Ricardo Zárate Ramírez. Pocos fenómenos sociales en Hidalgo son capaces de detener el tráfico en Pachuca y congregar una marea humana tan imponente como la tradicional Carrera Atlética de la Feria Universitaria del Libro (FUL). Ver a más de 40 mil personas —una marea de estudiantes, académicos y ciudadanos— adueñarse del asfalto pachuqueño es un espectáculo visual inolvidable. Es, sin duda, la fotografía perfecta del músculo político e institucional que posee la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH).
Sin embargo, cuando termina la competencia y las calles vuelven a la normalidad, nuestro razonamiento nos lleva a la reflexión. La máxima casa de estudios del estado detona su potencial deportivo un solo día al año, pero carece de impulso el resto de los meses en sus propias aulas cuando se trata de una verdadera política deportiva integral.
La paradoja no nace de la falta de infraestructura, sino del poco movimiento de esos espacios. Sobre el papel, la institución presume recintos de primer nivel: el imponente Polifórum “Carlos Martínez Balmori”, la pista de tartán de la Villa Deportiva Universitaria “Mario Vázquez Raña”, el Club Universitario Real del Monte y el complejo de CEUNI con sus modernas albercas. Mucho recurso invertido en infraestructura que, lamentablemente, operan más como unidades recreativas o espacios de renta al público general, en lugar de funcionar como incubadoras de atletas de alto rendimiento para las universiadas nacionales.
A pesar del prolongado letargo administrativo, el talento deportivo universitario brota por puro iniciativa propia. El tatami de judo ha sido testigo de glorias que parecen milagros aislados: Emiliano Rubio Martínez, quien triunfó en 2024 al colgarse un histórico oro internacional en los Juegos Panamericanos Universitarios de Cali; o las campeonas nacionales Marcela García Vargas y María de Guadalupe Márquez Amador, quienes defienden el orgullo Garza con el sudor de su propia frente. Pero la realidad es otra. El caso más doloroso ocurrió en septiembre de 2025, cuando el propio Emiliano Rubio vio frustrado su viaje a los Juegos Mundiales Universitarios en Alemania porque el apoyo prometido por la institución jamás llegó. La universidad prefirió la foto del recuerdo que respaldar al atleta en el podio mundial.
Quienes tienen memoria evocan con nostalgia los años 80, una época dorada donde el orgullo Garza se defendía con garra y mística en los escenarios más exigentes del país. Eran los tiempos donde la selección de voleibol dominaba los escenarios nacionales y los legendarios Atlantes de la UAEH hacían vibrar los emparrillados de la ONEFA con campeonatos memorables. Hoy, aquellos deportes de conjunto que construían identidad y tejido social se han desvanecido por completo del mapa competitivo.
Mientras otras universidades públicas entienden que la grandeza institucional se construye de forma integral, proyectando delegaciones que dominan las universiadas, la Autónoma de Hidalgo mantiene atrapada a su materia prima más valiosa: una matrícula de miles de jóvenes talentosos que, por falta de visibilidad, apoyos estructurados o becas reales, terminan compitiendo bajo condiciones limitadas.
Si la UAEH posee la impresionante capacidad logística para coordinar a 40 mil almas en una sola mañana, tiene también la obligación de canalizar esa misma energía y recursos en rescatar su deporte interno. A la comunidad le sobra voluntad para activarse; lo que falta es que las autoridades traduzcan el discurso en un presupuesto histórico que transforme los gimnasios en verdaderos semilleros de campeones.
Demostrar fuerza en las calles es una estrategia eficaz de posicionamiento, pero la verdadera grandeza de una universidad se consolida cuando sus alumnos son la prioridad. Es momento de que la UAEH use su impresionante músculo no solo para una carrera recreativa, sino para cargar con el peso de una deuda histórica y dar el salto de calidad que sus estudiantes deportistas tanto merecen los hidalguenses.