ENGRANES DE PODER
Por Victor González Herrero @VicGlezHerrero
Hay una parte del poder que pocas veces aparece en los informes de gobierno, en las fotografías oficiales o en los discursos públicos. Es aquella que comienza a manifestarse cuando un gobernante se da cuenta que el calendario avanza más rápido de lo que quisiera y que, tarde o temprano, alguien ocupará la silla que hoy le pertenece.
Gobernar implica ejercer el poder. Dejar de gobernar exige algo quizá más complicado: aprender a soltarlo.
La historia política mexicana está llena de ejemplos. Durante décadas, la sucesión fue prácticamente una facultad no escrita de quien gobernaba. Presidentes elegían presidentes; gobernadores construían gobernadores. Cambiaron los tiempos, las instituciones, las reglas electorales y también la distribución del poder. El viejo “dedazo” perdió buena parte de la capacidad que alguna vez tuvo. Pero sería ingenuo pensar que con él desapareció también el interés de los gobernantes por influir en aquello que vendrá después.
El poder también se hereda. O, cuando menos, se intenta.
Como platicamos en columnas anteriores, México acaba de entrar formalmente en otro ciclo electoral. El Instituto Nacional Electoral puso en marcha el pasado 10 de septiembre el Proceso Electoral Federal 2026-2027. El próximo 6 de junio se renovarán las 500 diputaciones federales y, de manera concurrente, estarán en disputa 19 mil 609 cargos locales, entre ellos 17 gubernaturas.
La dimensión de la elección inevitablemente colocará los reflectores sobre quienes quieren llegar. Sin embargo, quizá resulte igualmente interesante observar a quienes van de salida. Porque cada sucesión contiene dos historias: la de quien busca conquistar el poder y la de quien intenta decidir qué hacer con el poder que todavía tiene.
Es cierto que hoy ningún gobernador puede asumir que designará personalmente a su sucesor. Hay partidos, dirigencias nacionales, encuestas,pactos, acuerdos, alianzas, grupos internos y, finalmente, ciudadanos que votan. Pero un gobernador conserva hasta el último tramo de su mandato algo que difícilmente puede considerarse menor: interlocución política, conocimiento del territorio, relaciones, equipos, estructura y una enorme capacidad para enviar señales.
Y las señales, en política, importan.
Una fotografía o una ausencia también. Una gira conjunta puede interpretarse como mensaje; una invitación, un asiento, una mención en un discurso o incluso un silencio pueden adquirir significados que probablemente nunca tuvieron. Cuando comienza una sucesión, la política desarrolla esa extraña capacidad de encontrar mensajes hasta donde quizá no existen.
Un gobernante tiene, como cualquier ciudadano, preferencias políticas, afectos, lealtades y proyectos. Resultaría poco realista exigirle absoluta indiferencia respecto de quién habrá de continuar aquello que construyó durante años. Pero existe una diferencia importante entre tener una preferencia y utilizar el aparato gubernamental para convertirla en una decisión.
Y aunque Hidalgo no renovará gubernatura en 2027, difícilmente permanecerá ajeno a esa lógica. Aquí estarán en juego las 30 diputaciones del Congreso local —18 de mayoría relativa y 12 de representación proporcional—, además de las 84 presidencias municipales, sus sindicaturas y regidurías. Eso significa movimiento. Mucho movimiento.
Habrá integrantes de muchos niveles de la administración estatal que consideren legítimamente buscar una diputación. Legisladores que mirarán hacia otro espacio. Presidentes municipales que intentarán mantener presencia política. Dirigentes partidistas haciendo cuentas y personajes que hasta hace algunos meses parecían alejados comenzarán nuevamente a recorrer comunidades, saludar gente en mercados y descubrir, casi milagrosamente, una repentina fascinación por la comida tradicional y las fiestas patronales.
El gobernador Julio Menchaca entrará después de esa elección en el tramo final de su gestión. Para entonces, las conversaciones sobre su sucesión serán inevitables, aunque oficialmente todos aseguren que todavía falta mucho tiempo. Así funciona la política: los calendarios institucionales dicen una cosa y los calendarios del poder dicen otra.
Será entonces cuando comience a observarse con mayor atención qué integrantes del proyecto actual permanecen, cuáles salen a competir, cuáles se fortalecen territorialmente y cuáles encuentran en el Congreso una posible plataforma para lo que sigue.
Eso no significa que cada movimiento forme parte de un plan sucesorio. Afirmarlo sería especular. Significa simplemente reconocer cómo funciona el poder: cuando se aproxima una sucesión, cada movimiento comienza a ser leído como parte de ella.
Pero la mejor herencia de un gobernador no solo es dejar un nombre. Es dejar un gobierno que pueda defenderse por sus resultados.
Porque los sucesores pueden cambiar de opinión, los aliados pueden tomar distancia y las lealtades políticas tienen una conocida fecha de caducidad. Las obras, las instituciones fortalecidas, las políticas públicas que funcionan y los resultados que modifican la vida cotidiana de la gente tienen posibilidades mucho mayores de permanecer.
Ahí radica la diferencia entre construir un sucesor y construir un legado.
Y ése será también el desafío para Hidalgo conforme avance el calendario. Que la inevitable efervescencia electoral no termine adelantando los tiempos administrativos; que quienes tengan aspiraciones puedan tenerlas, pero sin olvidar el encargo que hoy desempeñan; y que la discusión sobre quién viene después no termine desplazando una pregunta mucho más importante: qué se hará con el tiempo que todavía queda.
Por esto, en cada rincón del país, lo verdaderamente interesante será observar cómo administra cada gobernante ese momento. Algunos intentarán construir candidatos. Otros buscarán preservar equipos. Otros querrán proteger proyectos. Y algunos comprenderán que quizá la forma más inteligente de influir en el futuro no sea decidir quién ocupa la siguiente silla, sino dejar suficientemente claro por qué ciertas cosas deberían continuar cuando esa silla tenga otro dueño.
Porque al final los gobernadores entregan el cargo, pero lo verdaderamente difícil es aceptar que, tarde o temprano, también tendrán que entregar el poder.
Al tiempo.