¿Debemos confiar en las encuestas?

PUNTO ARGUMENTAL

Cada vez que se acerca una elección ocurre lo mismo. Aparecen gráficas, porcentajes, candidatos “disparados”, gobernantes con altos niveles de aprobación y estudios que aseguran conocer lo que piensa la población. Entonces surge la duda: ¿las encuestas reflejan la realidad o ayudan a construirla?

La respuesta incómoda es que pueden hacer ambas cosas.

Las encuestas son una herramienta necesaria en cualquier democracia. Sirven para medir opinión pública, evaluar gobiernos, conocer preocupaciones sociales o anticipar tendencias electorales. Incluso autoridades electorales y académicos consideran que forman parte del funcionamiento democrático porque permiten conocer la voz ciudadana.

Pero una encuesta no es verdad absoluta. Es una fotografía tomada en un momento específico y depende de quién toma la foto, cuándo la toma y desde qué ángulo.

Por eso la primera pregunta que cualquier ciudadano debería hacerse no es quién va arriba en una encuesta. La pregunta correcta es: ¿quién pagó el estudio y cómo fue realizado?

Porque no, no siempre ocurre que quien paga una encuesta aparece ganando. Afirmarlo sería falso. Sin embargo, sí existen formas de orientar resultados sin inventar números.

Se puede influir mediante el momento en que se levanta una encuesta, el tipo de preguntas, la selección de entrevistados o incluso la forma en que los medios presentan los resultados. No es igual publicar “el candidato A aventaja por cinco puntos” que aclarar que la diferencia está dentro del margen de error.

Ahí empieza el problema: muchas personas leen el titular, pocas revisan la metodología.

Una encuestadora seria debería permitir responder preguntas básicas:

  • ¿Quién financió el estudio?
  • ¿Cuántas personas participaron?
  • ¿En qué fechas se realizó?
  • ¿Fue telefónica, presencial o por internet?
  • ¿Cuál es el margen de error?
  • ¿Publicó el cuestionario completo?
  • ¿Tiene historial comprobable de aciertos?
  • Cuando falla, ¿explica por qué?

Si esa información no aparece, el ciudadano debería desconfiar. No porque automáticamente exista manipulación, sino porque falta transparencia.

También conviene recordar algo: presencia no significa prestigio.

Una encuestadora puede aparecer todos los días en medios y aun así equivocarse con frecuencia. El prestigio verdadero se construye cuando, después de la elección, los resultados se parecen a lo que realmente ocurrió en las urnas.

México tiene antecedentes que explican por qué persiste la desconfianza. Estudios académicos sobre las elecciones presidenciales de 2012 señalan que algunas encuestas terminaron integrándose al espectáculo mediático y presentaron limitaciones metodológicas que afectaron su precisión. Investigadores incluso analizaron el llamado efecto bandwagon, donde parte del electorado puede inclinarse hacia quien parece ir ganando.

Eso lleva a otra pregunta incómoda: ¿las encuestas moldean opinión pública?

La evidencia indica que pueden influir, aunque no controlar completamente el comportamiento electoral. Mostrar constantemente a alguien como ganador puede generar percepción de inevitabilidad; mostrarlo como derrotado puede desmotivar apoyos.

Pero también existe otro fenómeno poco discutido: muchas personas consideran confiable una encuesta cuando coincide con sus preferencias y la llaman manipulada cuando contradice lo que creen.

La desconfianza hacia las encuestas a veces nace de evidencia técnica; otras veces nace de simpatías políticas.

Por eso el problema no son las encuestas. El problema es que durante años se enseñó a consumirlas como propaganda o espectáculo, no como información que debe revisarse críticamente.

En tiempos donde un porcentaje puede convertirse en titular nacional, el verdadero poder ya no está sólo en quien hace la encuesta. Está en una ciudadanía capaz de leer la letra pequeña.

Porque una democracia madura no necesita ciudadanos que crean todo. Necesita ciudadanos que aprendan a preguntar.