DETRÁS DE MI VENTANA
Por Jaime Carreño @JaimeCarreno
Les comento que fui en días pasados a ver la película La Odisea, la adaptación cinematográfica dirigida por Christopher Nolan y protagonizada por Matt Damon. La cinta ha generado una recepción sumamente divisiva, convirtiéndose en uno de los eventos cinematográficos y debates culturales más intensos del año. Mientras la crítica comercial y el público masivo la han aclamado como una obra maestra visual, académicos y puristas de la literatura clásica han expresado fuertes objeciones respecto a los cambios en la historia y los personajes.
También he leído múltiples críticas por los cambios que introduce, la modernización de los diálogos y los tonos oscuros que utiliza, algo muy típico de sus películas. Sin embargo, la disfruté porque fui con la mente abierta a ver la versión de Nolan del poema de Homero.
Considero importante mencionar que La Ilíada narra acontecimientos de la mítica Guerra de Troya, mientras que La Odisea relata el viaje de regreso de Odiseo a Ítaca. Esta historia se sitúa históricamente alrededor de los siglos XII o XIII a. C., según algunos historiadores. Ahora bien, La Odisea se escribió alrededor del siglo VII a. C. El vestigio más antiguo que se conserva es una tablilla con algunos versos fechada en el siglo III a. C., mientras que la versión completa más antigua proviene del siglo II a. C. Es decir, han transcurrido siglos de transcripciones, reinterpretaciones y modernizaciones desde que fue escrita por primera vez por Homero, de quien ni siquiera sabemos con certeza si existió.
Adaptar una obra literaria al cine implica transformar un lenguaje basado en palabras en uno visual y sonoro, lo que genera desafíos narrativos, técnicos y comerciales. Entre ellos está la pérdida de profundidad psicológica: la literatura permite explorar el monólogo interno y los pensamientos de los personajes, mientras que el cine debe traducirlos a expresiones, diálogos o acciones visuales. También existe la compresión temporal, pues una novela extensa suele requerir que se resuman años de historia o múltiples subtramas en un largometraje de dos o tres horas, lo que puede alterar el ritmo original. Y, por supuesto, está la “tiranía” de la fidelidad: los lectores suelen esperar una adaptación literal, pero lo que funciona en un libro puede resultar poco atractivo en la pantalla. Los directores deben equilibrar el respeto a la obra con la necesidad de crear una pieza cinematográfica independiente.
Más aún si consideramos las expectativas del público. Cada lector imagina a los personajes y escenarios de manera única. El casting o las decisiones de diseño de producción suelen chocar con la imagen preconcebida que tienen los fanáticos.
Por ello le digo que, cuando vaya a ver una adaptación como La Odisea, El silencio de los inocentes o El Hombre Araña, tiene dos opciones: una, ir con la mente abierta y disfrutarla si le gusta; o, si no, conseguir 750 millones de dólares, hacer su propio casting y dirigir la película como usted hubiera querido. Es mucho más fácil la primera opción.