ENGRANES DE PODER
Por Victor González Herrero @VicGlezHerrero
A veces, hay discusiones que de pronto -como por arte de magia- aparecen en la política mexicana. Hoy, es que una persona pueda ser considerada suficientemente mexicana para votar, para participar en la vida pública y para ejercer plenamente sus derechos ciudadanos, pero que, por tener además otra nacionalidad, algunos quieran poner en duda si debería aspirar a representar a los demás desde un cargo de elección popular.
No se trata solamente de dos pasaportes. Se trata de decidir si la doble nacionalidad debe convertirse en una especie de barrera política. Si tener otra nacionalidad puede ser utilizado para decirle a un mexicano: “puedes ser ciudadano, pero quizá no puedes representarnos”.
Y la pregunta inevitable es: ¿quién decidió que para amar a México hay que tener una sola nacionalidad?
La Constitución reconoce la existencia de mexicanos que poseen otra nacionalidad y establece reglas para evitar conflictos derivados de esa condición. También contempla cargos y funciones para los cuales existen requisitos específicos relacionados con la nacionalidad. Es decir, hay un terreno jurídico que debe discutirse con seriedad y que corresponde a las instituciones interpretar y aplicar.
Pero una cosa es cumplir con los requisitos que marca la ley y otra, muy distinta, convertir la doble nacionalidad en una sospecha política.
Porque ahí es donde el debate empieza a tomar otro rumbo.
Existen miles de mexicanos que tienen doble nacionalidad y que quieren profundamente a este país. Mexicanos que nacieron fuera de México, hijos de mexicanos que conservaron sus raíces, personas que adquirieron otra nacionalidad por residencia o por circunstancias familiares, matrimonios binacionales y ciudadanos cuya historia personal simplemente transcurrió entre dos países.
Ninguna de esas circunstancias puede determinar cuánto se quiere a México.
Imaginemos a quienes viven en la frontera norte. Cientos de familias de Tijuana, Mexicali, Ciudad Juárez, Nuevo Laredo o Reynosa. Para ellos, cruzar de un país a otro forma parte de la vida diaria. Unos nacieron del otro lado y trabajan en otro. Familias que tienen parientes en los dos países. Niñas y niños que estudian en Estados Unidos y regresan a todos los días a su casa en México. Miles de personas cuya vida transcurre naturalmente entre los dos países.
Solo por eso, ¿Vamos a decirles que por tener otra nacionalidad son menos mexicanos?
Es absurdo. La identidad nacional no funciona con sellos de migración y mucho menos se mide por el número de pasaportes que podemos tener en el cajón.
Lo preocupante aparece cuando la doble nacionalidad deja de ser un tema personal y se convierte en el argumento político de un grupo para cuestionar la legitimidad, la lealtad o incluso la “mexicanidad” de una persona.
Ahí es donde debemos tener cuidado. Porque no debe utilizarse la nacionalidad como arma política para impedir, descalificar o estigmatizar a alguien que pretende competir por el voto popular.
No es lo mismo preguntar si alguien cumple un requisito constitucional que insinuar que esa persona quiere menos a México porque también es ciudadano de otro país.
Lo digo incluso desde una circunstancia personal: también tengo doble nacionalidad. Y eso no ha hecho que quiera menos a México, que me interese menos su realidad o que tenga menos compromiso con el lugar en el que he construido mi vida entera.
Como miles de mexicanos. Y probablemente muchos de ellos jamás han tenido que explicar por qué tienen otra nacionalidad. Porque simplemente forma parte de su historia.
México ha sido un país de familias migrantes, de muchos hijos que nacieron lejos de la tierra de sus abuelos, de personas que se fueron a otro país y regresaron, de mexicanos que han hecho una vida en otras latitudes sin dejar de sentirse mexicanos.
Pretender que todos estamos dentro de una misma definición de identidad nacional, es no entender cómo se cimenta una nación.
Ser mexicano se demuestra en las decisiones, en los actos, en el respeto a las instituciones, en el cumplimiento de la ley, en la responsabilidad con los demás y, cuando se ejerce una función o cargo público, en la manera en que se sirve a los ciudadanos.
Porque también sería muy superfluo pensar que tener un solo pasaporte convierte en automático a alguien en un mejor mexicano.
La historia está llena de ejemplos que demuestran exactamente lo contrario.
Por eso resulta peligroso abrir la puerta a una política donde la mexicanidad se convierta en una especie de credencial que unos pueden otorgar y otros pueden quitar.
Hoy puede utilizarse contra alguien que tiene nacionalidad estadounidense. Mañana contra quien tenga nacionalidad española, francesa, canadiense o cualquier otra.
Y después quizá contra quien nació fuera del país, aunque sus padres sean mexicanos.
Cuando la política comienza a repartir certificados de “mexicanidad”, tarde o temprano termina decidiendo quién pertenece y quién no. Y ese camino no le conviene a nadie.
Porque México no necesita ciudadanos que pasen un examen de pureza.
Necesita ciudadanos comprometidos.
Mexicanos que, con un pasaporte o con dos, entiendan que pertenecer a este país implica algo mucho más importante que un documento: asumir la responsabilidad de construirlo, defender sus instituciones y trabajar por él.
Al final, la pregunta no debería ser cuántos pasaportes tienes. Debería ser qué haces con la ciudadanía que tienes.
Porque un pasaporte puede decir de qué país eres ciudadano.
Pero no puede decir cuánto amas a tu patria.
Eso se demuestra con los hechos.