El ego que nos ciega

DETRÁS DE MI VENTANA

Por Jaime Carreño @JaimeCarreno Primero, le doy contexto para que usted entienda a dónde voy.
Le confieso, lector, que soy seguidor de los Vaqueros de Dallas desde la década de los setenta, cuando las transmisiones de fútbol americano apenas comenzaban a popularizarse. Me tocó ver a los Vaqueros de aquella época con jugadores como Tony Dorsett, Cliff Harris, Ed “Too Tall” Jones, Randy White y el gran Roger Staubach.

Bajo el liderazgo del mítico Tom Landry, ganaron dos Super Bowls y perdieron otros dos frente a Pittsburgh.

Después vinieron épocas difíciles y, a finales de los años ochenta, alrededor de 1988 o 1989, el equipo fue adquirido por Jerry Jones, un magnate de la industria petrolera. De la mano de Jimmy Johnson, reestructuró al equipo y lo llevó a ganar tres Super Bowls más, incluidos dos de manera consecutiva. Sin embargo, Jones terminó despidiendo a Johnson, convencido de que él era el verdadero genio detrás del éxito del equipo.

Posteriormente, con Barry Switzer como entrenador, los Vaqueros ganaron un campeonato más en 1996. Desde entonces, los Vaqueros solo han ganado cinco de sus trece partidos de postemporada, y todos ellos en la ronda de comodines. ¡Cinco victorias en treinta años!

Muchos aficionados, y me incluyo entre ellos, atribuimos esta situación a un problema muy concreto: Jerry Jones y su ego. Han pasado por el equipo varios jugadores que parecían tener un futuro prometedor y, pese a las enormes cantidades de dinero
invertidas en ellos, no se han obtenido los resultados esperados. También se han contratado numerosos entrenadores, muchos de ellos bastante mediocres. Algunos sostienen que Jones gasta millones en los jugadores que él mismo selecciona,
mientras que paga relativamente poco a sus entrenadores porque desea mantener un control absoluto sobre ellos.

En mi opinión, el verdadero problema es el ego de Jones. Como empresario petrolero exitoso, exjugador de fútbol americano colegial y copartícipe, junto con Johnson, de la transformación de Dallas desde una temporada de un triunfo y quince derrotas hasta una dinastía en menos de cuatro años, terminó por convencerse de que él era el principal responsable de aquel éxito. El problema surgió cuando rompió su relación con Johnson y comenzó a creer que cualquier otro entrenador podría llevar a los Vaqueros al Super Bowl.

Es cierto que la inercia de aquel equipo todavía le permitió a Jones y a Switzer conquistar un campeonato más. Sin embargo, desde entonces, Jones ha pasado treinta años persiguiendo el fantasma de Jimmy Johnson. Juntos alcanzaron la gloria; separados, ninguno volvió a lograr algo comparable en Dallas. Según parece haber pensado Jones: “Si soy un empresario petrolero exitoso, por supuesto que también puedo convertir a mi equipo en un ganador. Ya lo hice en solo cuatro años y Johnson era apenas un complemento”. Sin embargo, la realidad no ha respaldado esa creencia. Los números muestran que el único factor constante durante estas tres décadas ha sido Jerry Jones y muchas de sus cuestionables decisiones.


Nadie puede poner en duda que es un empresario extraordinariamente exitoso. Pero una cosa es dirigir una empresa petrolera y otra muy distinta ser un gran gerente general de un equipo profesional de fútbol americano. Si así fuera, yo le propondría a
Jones el siguiente ejercicio: que contrate al entrenador de los Jefes de Kansas City y lo nombre gerente general de su empresa petrolera, mientras él se dedica exclusivamente a los Vaqueros. Estoy convencido de que su empresa quebraría mucho antes de que
Dallas volviera a ganar un campeonato.

La realidad es sencilla: por muy buen entrenador que seas, eso no te convierte automáticamente en un brillante empresario; y ser un gran empresario tampoco te convierte en un excelente gerente deportivo. La moraleja es simple: zapatero a tus zapatos; pues el ego es muy mal consejero. Y concluyo con un comentario de aficionado. Al final de un partido entre Dallas y Tampa Bay, que los Vaqueros perdieron de manera vergonzosa, un empleado del estadio tuvo un altercado con el mariscal de campo de Dallas, Dak Prescott, al gritarle: “¡Vergonzoso!”. Ese comentario le costó el empleo. Sin embargo, me atrevo a decir que habló en nombre de muchos de nosotros, los seguidores de Dallas.