DETRÁS DE MI VENTANA
Por Jaime Carreño @JaimeCarreno
En días recientes se difundió la respuesta de Ricardo La Volpe a una pregunta sobre a quién apoyaría en la final de la Copa del Mundo. La pregunta era previsible: siendo argentino, lo natural era esperar que respaldara a su selección. Sin embargo, su respuesta, al menos como circuló en video, fue desafortunada por decir lo menos: “¿Qué querés que te diga? Soy argentino. Los únicos que se venden son ustedes, los mexicanos”.
La frase provocó indignación no solo por su contenido, sino por el tono con el que fue expresada. En una época en la que cualquier declaración puede ser grabada, compartida y viralizada en cuestión de minutos, resulta difícil entender que una figura pública no mida el alcance de sus palabras. Más aún cuando, después de la polémica, la explicación no vino acompañada de una disculpa clara, sino de la idea de que todo había sido sacado de contexto.
Durante años, varias voces del futbol mexicano han sostenido que La Volpe es uno de los técnicos que más sabe de este deporte en el país. Puede ser. Su conocimiento táctico y estratégico es ampliamente reconocido. Pero el futbol no se juega únicamente con pizarras, sistemas y movimientos: se juega con personas. Y las personas, dentro y fuera de la cancha, merecen respeto.
Si se analiza su trayectoria, queda claro que su influencia futbolística ha sido importante, aunque sus títulos (uno solo) nunca hayan correspondido a la fama de su escuela. Esa distancia entre conocimiento y resultados también habla de una dimensión esencial del liderazgo: la capacidad de conducir grupos, construir confianza y relacionarse con jugadores, colegas, aficionados y comunidades. Es decir no sabe.
El punto de fondo, sin embargo, va más allá de La Volpe. La discusión debería servirnos para recordar que el respeto por México no debe depender del lugar de nacimiento de quien opina, sino de la responsabilidad con la que se habla de un país que ha abierto sus puertas a millones de personas. México tiene problemas, sí; retos urgentes, también. Pero justamente por eso merece crítica seria, no descalificaciones fáciles.
Ser mexicano no debería reducirse a una reacción momentánea de enojo ni a un nacionalismo vacío. Debería expresarse en la vida diaria: en la educación, en el respeto a la ley, en la defensa de la dignidad pública y en la exigencia de un trato justo. Amar al país también implica mejorar lo que está mal y señalar lo que no debe normalizarse.
Por eso, más que responder con insultos, conviene responder con carácter.
Que el “Mas si osare un extraño enemigo” no sea solo una frase del Himno Nacional, sino una invitación a defender la dignidad de México desde la civilidad, la memoria y el respeto. No se trata de llamar a la confrontación, sino de recordar que ningún país se respeta si sus propios ciudadanos no empiezan por hacerlo respetar.