Jesús de Miguel y El Búho, algo en común

DE LA CUNA A LA CANCHA

Por Ricardo Zárate Ramírez. Jesús de Miguel murió a las ocho de la mañana del martes 3 de noviembre. Tenía 30 años, una esposa y una hija de año y medio. Murió por jugar al futbol. No por una enfermedad previa, no por un accidente. Murió por ir a disputar un balón a media cancha y encontrarse con la rodilla de un portero

El video es fuerte. Es fuerte por lo impactante. Un choque que hemos visto mil veces en la televisión y hasta en el llano. Esta vez, el impacto tuvo consecuencias. En términos médicos, eso se llama commotio cordis: una arritmia letal que desconecta el cuerpo en tres minutos si nadie aplica un desfibrilador en el campo.

Y ahí surge el problema.

Tenemos estadios con VAR, con catorce cámaras en alta definición para revisar si el balón cruzó la línea por dos centímetros, y con pantallas que reproducen cada jugada con patrocinios millonarios. Sin embargo, no existe la certeza de tener un desfibrilador a veinte metros y un paramédico capacitado al borde de la cancha.

A esto se suma el nefasto protocolo: si no es con la autorización expresa del árbitro, las asistencias médicas no pueden ingresar al terreno de juego, el silbante se vuelve el juez absoluto de la vida, un filtro burocrático que casi siempre carece de la formación médica para entender la gravedad de un impacto. Por priorizar la fluidez del espectáculo o aplicar una necia “ley de la ventaja”, el colegiado deja seguir la jugada olvidándose por completo de la magnitud del contacto físico. Mientras él decide si pita o da ventaja, el tiempo corre.

A Jesús lo sacaron en ambulancia y lo intentaron reanimar en el trayecto. Un grave error de acuerdo a los que saben. El protocolo internacional de paro cardíaco súbito en deportistas establece una regla básica: no se mueve al paciente en paro; se le atiende donde cayó. Cada minuto que pasa arriba de una camilla sin pulso reduce un diez por ciento las probabilidades de supervivencia.

A todos nos indigna lo ocurrido en España porque sucedió en una liga profesional, trascendió a la prensa internacional y la cobertura mediática mundial. ¿En México, estamos preparados para algo así?
Si el sistema falla en una liga de ese nivel, que podemos esperar en una liga como la de nuestro país. Creemos que la precariedad médica solo ocurre en el llano, o en las ligas amateur, pero el fútbol profesional en divisiones de ascenso, ligas Premier o categorías inferiores la cosa no cambia mucho.

En estas categorías, el cumplimiento de los cuadernos de cargos operativos es frecuentemente un mero trámite. Se exige una ambulancia para iniciar el partido, pero rara vez se revisa el equipo que transporta, con que esté es suficiente para “cumplir” con el requisito, se apuesta a que no va a pasar nada.

Esas unidades de traslado básico, son prácticamente cascarones con sirena que no cuentan con un Desfibrilador Externo Automático (DEA) funcional, o cuyo personal está integrado por jóvenes prestadores de servicio social sin certificación en reanimación cardiopulmonar avanzada para atletas de alto rendimiento.

Se paga el arbitraje, se pintan las líneas del campo y se cobra la entrada, pero la atención de emergencias no tiene relevancia para quien organiza.
Esta carencia no es exclusiva de nuestro balompié. En el boxeo regional y en la lucha libre profesional e independiente que llena arenas cada fin de semana, las condiciones son similares. No son extrañas las funciones donde un deportista se desploma sobre la lona y recibe auxilio rudimentario, sin una ambulancia reglamentaria en el sitio ni personal médico capacitado para una intervención inmediata.

¿Cuántas veces hemos visto a un luchador desplomarse sobre la lona y ser atendido con cartones para echarle aire, o cargado a la fuerza por sus propios compañeros en una camilla de madera improvisada, tratar de reanimarlo con gel antibacterial? En las ligas locales de futbol americano o en los torneos de artes marciales mixtas (MMA) clandestinos o semi-profesionales que proliferan en el país, la infraestructura médica es casi nula.

Se normaliza el golpe, se romantiza el “dejar la vida en el ring”, pero se “ahorra” en el paramédico.

“El Búho”, dejó al descubierto esta deficiencia. Si bien existió una total irresponsabilidad del luchador —el Hijo de Fishman— al aplicar castigos físicos desmedidos y azotar contra la lona a un oficial de 75 años, el colapso fulminante sobre el ring evidenció la miseria del negocio: no había una ambulancia en el lugar, la promotora operaba sin dar parte oportuna a las autoridades y la atención médica inmediata fue inexistente. Dejaron morir al “Búho” sobre el cuadrilátero.

Quieren reelecciones en las asociaciones, federaciones, franquicias comerciales, expansión de torneos y mayor espectáculo, pero no quieten cubrir sus estructuras.