PUNTO ARGUMENTAL
El uso de la música popular como herramienta de propaganda o posicionamiento institucional suele tener consecuencias desastrosas para el valor artístico de las obras. La reciente presentación de una nueva versión del tema “La niña futbolista”, interpretada por Julieta Venegas y promovida formalmente en el marco de las actividades rumbo al Mundial de Futbol, es un ejemplo claro de cómo la intervención gubernamental altera la estructura original de una canción para forzarla a encajar dentro de un discurso ideológico predeterminado.
La obra original fue creada en 2003 por la agrupación poblana de rock infantil Los Patita de Perro. En su versión original, la letra señalaba de forma directa el entorno social que limitaba el desarrollo de una menor apasionada por el balompié: “sin embargo sus papás piensan como los demás, que a las muñecas ella tiene que jugar”. La crítica original de 2003 poseía una lógica sociológica clara; describía un prejuicio arraigado de carácter familiar y comunitario -compartido tanto por el padre como por la madre- reflejando el pensamiento tradicional de una época.
En la versión actual, promovida bajo el auspicio de dependencias del Gobierno Federal -específicamente la Secretaría de Cultura Federal y el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres)-, la letra sufrió una modificación quirúrgica. El cambio consiste en retirar la responsabilidad de la madre y concentrar el impedimento exclusivamente en la figura del padre. Este ajuste no responde a una evolución artística ni a una mejora en la calidad musical de la pieza; obedece estrictamente a la necesidad de validar la narrativa de género impulsada por la agenda institucional actual, la cual exige catalogar todo obstáculo como un acto de opresión estrictamente masculino.
Ante los cuestionamientos que ha recibido esta modificación, la propia Julieta Venegas ha salido a declarar públicamente que la gente que está en contra de la canción es simplemente porque “no la entiende”. Esta postura no hace más que confirmar el tono condescendiente con el que se manejan estas campañas, donde cualquier crítica fundamentada hacia la manipulación de una obra es descalificada de inmediato bajo el argumento de que el público carece de la capacidad de comprensión necesaria.
Desde el análisis semiótico, la canción original operaba bajo un sistema de signos donde “los papás” funcionaban como un significante del núcleo familiar tradicional y el orden social establecido. El conflicto dramático residía en la oposición entre el deseo de la niña por ejercer un deporte y el freno impuesto por su entorno primario. Al modificar el texto para que la prohibición recaiga únicamente en el varón, el sistema de significación se quiebra. La madre desaparece del conflicto, debilitando el realismo de la crítica social y transformando una denuncia comunitaria en un cliché ideológico.
Esta alteración genera, paradójicamente, un contenido de corte sexista en sentido inverso: asume que las mujeres están exentas de reproducir prejuicios culturales y asigna la totalidad de la carga de los estereotipos a un solo género. La obra deja de ser un retrato de la resistencia de una menor frente a las costumbres de su sociedad para convertirse en un folleto de adoctrinamiento.
La facilidad con la que se intervienen y mutilan composiciones musicales con más de dos décadas de vigencia demuestra el nivel de injerencia que los grupos de presión y los despachos de asesoría política ejercen sobre las decisiones. Cabe preguntarse qué tipo de consultores e instituciones están diseñando las estrategias culturales, permitiendo que una pieza de identidad popular sea modificada para dar gusto a los intereses de sectores que exigen visiones polarizadas de la sociedad. La música y el arte poseen un valor propio que debe ser respetado en su contexto y concepción original; adaptar de forma artificial las obras artísticas para que cumplan con los requisitos de las agendas en turno es una práctica que empobrece la cultura y subestima la inteligencia del público.