ENGRANES DE PODER
Por Victor Gonzélez Herrero. Hay derrotas electorales que se explican por una mala campaña, por candidatos poco competitivos o por circunstancias locales. Y hay otras que adquieren una dimensión mucho mayor porque terminan convirtiéndose en un mensaje directo al poder. Lo ocurrido este 3 de noviembre en Estados Unidos pertenece a esta segunda categoría.
Donald Trump decidió colocar su nombre en el centro de las elecciones intermedias. Pidió a sus simpatizantes que votaran como si él estuviera en la boleta y convirtió la jornada en una evaluación de su segundo mandato. Los estadounidenses respondieron en las urnas y el resultado fue contundente: los demócratas recuperaron el control de la Cámara de Representantes y del Senado, en una jornada que también les permitió conquistar territorios que durante décadas parecían reservados para los republicanos.
No fue solamente una derrota legislativa. Fue un severo revés político para un presidente que había hecho de su liderazgo personal el principal argumento de su partido.
La explicación no está en un solo factor. El costo de la vida, la inflación, los aranceles, la guerra con Irán y la percepción de corrupción en el gobierno confluyeron en el malestar de una parte importante del electorado. Los sondeos de salida difundidos durante la jornada mostraron que el bolsillo fue determinante: cerca de nueve de cada diez votantes consideraron el costo de vida un factor importante para decidir su voto. Tres cuartas partes manifestaron enojo o insatisfacción con el rumbo del país.
La lección es sencilla, aunque a veces los gobiernos parecen olvidarla: la identidad partidista puede movilizar, el discurso puede polarizar y la comunicación puede dominar la conversación pública, pero ninguna de esas herramientas sustituye indefinidamente la percepción de bienestar de las familias.
El mapa electoral dejó señales difíciles de ignorar. Texas eligió a James Talarico para el Senado y a Gina Hinojosa como gobernadora, poniendo fin a décadas de dominio republicano en cargos estatales. Kansas y Carolina del Sur también entregaron triunfos senatoriales a los demócratas, mientras Ohio y otros estados ampliaron el alcance de la ola azul. En California, Xavier Becerra ganó la gubernatura. No se trata de anécdotas aisladas: son resultados que obligan a revisar las certezas sobre la geografía política estadounidense.
También hay una lección para los partidos: ningún territorio es propiedad permanente de una fuerza política. Las lealtades electorales cambian cuando las preocupaciones cotidianas se acumulan y cuando los ciudadanos perciben que sus representantes dejaron de ofrecer respuestas.
Pero el dato de mayor trascendencia está en Washington. A partir de enero, los demócratas tendrán el control de ambas cámaras del Congreso. Eso modifica las condiciones de gobernabilidad para los dos últimos años del mandato de Trump. La oposición podrá bloquear iniciativas, condicionar el presupuesto, revisar nombramientos y abrir investigaciones sobre las decisiones de la administración. El Congreso recuperará un papel de contrapeso que durante los primeros dos años del segundo mandato presidencial estuvo limitado por el predominio republicano.
Eso no significa que Trump haya perdido todas sus herramientas. Conserva la Presidencia, el poder de veto y facultades ejecutivas relevantes. Tampoco significa que los demócratas tengan vía libre para imponer su programa: deberán construir acuerdos, administrar sus propias diferencias y demostrar que son capaces de responder a las expectativas de quienes les entregaron su voto. Ganar una elección es una cosa; gobernar con resultados es otra.
¿Y qué hará Trump frente a este nuevo escenario? La reacción presidencial será determinante. Después de la jornada, el mandatario restó carácter personal a la derrota, cuestionó la calidad de algunos candidatos republicanos y advirtió que vetaría iniciativas demócratas que considere inaceptables. También ha expresado disposición a trabajar con la oposición. Habrá que observar cuál de esas señales termina definiendo su relación con el nuevo Congreso.
Es razonable anticipar una etapa de confrontación política más intensa: investigaciones legislativas, disputas presupuestarias, negociaciones difíciles y una Casa Blanca obligada a responder a una oposición que ahora tendrá instrumentos institucionales para fiscalizarla. Pero conviene no confundir los escenarios con los hechos. La derrota no significa que Trump esté políticamente terminado, ni permite dar por sentado que optará por una estrategia de represalias. Lo que sí cambia, desde ahora, es el costo de gobernar sin acuerdos.
Para los republicanos, el desafío será revisar una estrategia que vinculó demasiado estrechamente el destino del partido con la figura presidencial. Para los demócratas, la responsabilidad será todavía mayor: deberán demostrar que su victoria representa algo más que el rechazo a Trump y que cuentan con propuestas para atender las preocupaciones económicas que dominaron la elección.
Las elecciones intermedias no eligen presidente, pero pueden modificar profundamente su margen de acción. Esta vez lo hicieron de manera extraordinaria. Trump conserva el cargo y todavía tiene dos años por delante, pero ya no contará con un Congreso dispuesto a acompañarlo sin resistencia.
La pregunta que deja esta jornada no es si el presidente podrá seguir ejerciendo el poder. Por supuesto que podrá. La pregunta es cuánto podrá hacerlo sin negociar, sin enfrentar contrapesos y sin asumir el costo político de sus decisiones.
Las urnas no terminaron con la presidencia de Donald Trump. Pero sí cambiaron las reglas políticas con las que tendrá que concluirla.