DE LA CUNA A LA CANCHA
Ricardo Zárate Ramírez. Desde niño aprendí a vivir el fútbol desde sus entrañas. Mi rutina no empezaba con el silbatazo inicial, sino cuatro horas antes de cada partido, cuando el estadio todavía estaba vacío y en silencio. En el vestidor, impregnado de ese penetrante olor a Bengué de Bálsamo, fui testigo de lo que verdaderamente sostiene a este deporte: vi al utilero preparar con cuidado cada par de tacos y acomodar los uniformes, mientras yo me sentaba en una esquina a bolear con orgullo los zapatos de los jugadores para que salieran a dar su mejor versión. Tengo grabado el recuerdo especial de Jorge Salazar golpeando la pared del vestidor, justo al lado de la imagen de la Virgen, para encender el ánimo antes de saltar a la cancha.
Ahí vi a los masajistas sudar a la par del plantel para recuperar piernas cansadas; vi al encargado del sonido probar los micrófonos, al operador del marcador acomodar cada número y a Don Manuel Domínguez ponerle cal a la cancha del estadio Revolución desde muy temprano, trazando con precisión las líneas sobre el pasto. Viví la tensión de los árbitros tocando a la puerta para revisar los uniformes y vi al chofer del autobús cargar con la responsabilidad de trasladar al equipo.
En ese trabajo silencioso entendí que el fútbol es un deporte construido por trabajadores dedicados. Por eso, ver los millones que se mueven en la cima mientras se descuida a la base no es solo una falla económica; es una falta de respeto a la memoria del vestidor.
La Selección de España, por ejemplo, se llevó 50 millones de dólares de la FIFA al coronarse campeona del mundo. Sin embargo, al momento de repartir las ganancias de ese esfuerzo colectivo, la industria oculta a sus héroes anónimos. El sistema deja fuera de los premios oficiales a quienes sostienen la base del equipo. Mientras el cuerpo técnico asegura sumas millonarias por contrato y los futbolistas reciben su recompensa, los masajistas, utileros y fisioterapeutas son prácticamente ignorados por los directivos. Su compensación termina dependiendo de la buena voluntad del plantel, que suele armar una vaca de su propio bolsillo para darles un bono digno. Que los profesionales que cuidan a los campeones tengan que esperar una aportación voluntaria demuestra que la estructura no está equilibrada.
La parte más dura la viven quienes trabajan en los campos de entrenamiento y en los hoteles de concentración. Pienso en los jardineros que pasan horas bajo el sol dejando la cancha perfecta para que el balón ruede sin problemas, y en el personal de limpieza que atiende las habitaciones de los jugadores y desinfecta las instalaciones antes de que alcancen la gloria. Para todos ellos, el beneficio económico por contribuir a un campeonato es nulo o, en el mejor de los casos, mínimo.
Estas personas, ven cómo sus jornadas se duplican durante los torneos. Se les exige un trabajo impecable para que los atletas no tengan ningún contratiempo, pero en cuanto el equipo levanta la copa, vuelven a la rutina de siempre. Los directivos aprovechan su esfuerzo para generar grandes ingresos y es una constante dejarlos fuera de los festejos. Su único premio es ver de lejos el trofeo que ellos mismos ayudaron a construir desde el cuidado diario.
En la cúpula de esta estructura futbolera, la prioridad de Gianni Infantino y de la FIFA ha sido expandir el negocio a toda costa. La decisión de ampliar el Mundial a 48 selecciones y llenar el calendario de torneos confirma que a la dirigencia le importa poco la salud del futbolista y menos aún la realidad de los trabajadores del estadio. Para las oficinas centrales, la gente de abajo no cuenta; solo son piezas dentro de una gran maquinaria generadora de recursos.
Defender el fútbol real implica volver la mirada hacia abajo: dar crédito a quienes ponen el cuerpo, pasan horas lejos de sus familias por un sueldo básico y mantienen impecables las instalaciones del campeón. Yo estuve ahí, los vi trabajar en silencio y boleé esos zapatos cuatro horas antes de que la tribuna empezara a cantar. Los de “pantalón largo” nunca han metido un gol. Un deporte que presume riqueza en las arcas mientras margina a los trabajadores que hacen posible el partido ha perdido su esencia. Toca recordar que la grandeza del fútbol no está en los palcos, sino en el respeto y la justicia para cada persona que hace rodar la pelota.