- En el periodismo, como en la vida, hay una regla de oro: si quieres entender de qué va una causa, deja de escuchar lo que dicen y empieza a mirar dónde ponen los recursos.
Mientras el sector ganadero se rompe el lomo e invierte millones de dólares para mantener un ecosistema único y una raza que es patrimonio vivo, otros han encontrado en la indignación un modelo de negocio redondo. Hablo de PETA. Y no es una apreciación personal; son sus propios números los que cuentan la historia de una maquinaria financiera que poco tiene que ver con la compasión y mucho con el control del discurso.
Vayamos a lo que no sale en sus anuncios pagados ni en sus entrevistas pautadas en medios digitales e impresos. Según su declaración oficial ante el IRS estadounidense (Formulario 990 FY24, de marzo de 2025), PETA registró ingresos por 77,2 millones de dólares. De esa bolsa, destinaron más de 23,3 millones exclusivamente a “Public Outreach and Education”.
En cualquier lugar, a eso no se le llama educación; se le llama propaganda. Esa maquinaria de comunicación parece haber tomado al pie de la letra la vieja máxima de Goebbels: una mentira repetida mil veces acaba convirtiéndose en verdad para el gran público. Y con 23 millones de dólares anuales, tienen cobertura de sobra para que su relato de laboratorio eclipse, a golpe de repetición, la realidad del campo.
Pero lo más grave es la opacidad. Mientras exigen la abolición de la tauromaquia, sus donantes -esos que inyectan millones año tras año- permanecen en la sombra bajo la confidencialidad. Es la paradoja perfecta: un lobby millonario que vive de donaciones anónimas atacando una tradición que, con sus luces y sombras, es de una honestidad a toda prueba. En la plaza, nada se esconde. En las oficinas de PETA, ni “rastro” de los recursos.
Y luego está el factor humano del activismo “de diseño”. por ejemplo y sin dejar duda a “las coincidencias”, hace unos días estuvo en Pachuca Gabriel Ochoa Pérez, Director Asociado de Comunicaciones para PETA Latino. Un abogado con maestría que despacha desde Duarte, California. Resulta sintomático que él es, quien dicta qué es ético en las plazas de Pachuca, Querétaro o la Ciudad de México, y que resida a miles de kilómetros del polvo de la dehesa. Es el activismo corporativo: perfiles que jamás han visto nacer a un becerro ni entienden la simbiosis entre el hombre y el toro bravo en libertad. Para ellos, el toro es un concepto abstracto, una herramienta para captar fondos. Ignoran, o deciden ignorar, que si logran su objetivo, lo que firman es el acta de defunción de la especie; y no se cansan de repetir que eso no importa ni es relevante, pues “es mejor que desaparezcan a que sufran“ (SIC). Sin Fiesta no hay dehesa, y sin dehesa, el toro bravo será un recuerdo en los libros de historia.
Pero hay un dato que PETA esconde a quienes le pautan información. Si se dicen defensores de la vida, ¿Cómo explican las tasas de eutanasia en sus propios refugios de Virginia? Los informes oficiales del VDACS han documentado durante años cifras escalofriantes donde la gran mayoría de los animales que entran a sus sedes terminan sacrificados. Es el colmo del cinismo: gastan millones en atacar el indulto de un toro – que el máximo tributo a la bravura y la vida- mientras ellos gestionan una política de exterminio silencioso en sus refugios.
No nos engañemos. La tauromaquia no compite contra una causa ética; compite contra un sistema de “difusión” que ha sabido monetizar la sensibilidad urbana. La Fiesta se defiende con hechos, con la preservación de razas y con la verdad de un campo que no necesita filtros de Photoshop. El negocio de PETA está muy vivo, pero a costa de una mentira que, de prosperar, dejará nuestras dehesas vacías.
Es hora de preguntar: cuando el negocio de la propaganda gane, ¿quién se va a hacer cargo de que el toro no se extinga? PETA, desde luego, no lo hará. Ellos estarán cobrando los intereses de sus “ganancias” en una cómoda oficina.