Que vivan los Toros

  • por Ricardo Zárate Ramírez

La tauromaquia no es un espectáculo de muerte, es el último rito de la vida que se resiste a ser domesticado por la frialdad del mercado. Como señala el filósofo Francis Wolff, la corrida es un “imperativo ético”: el sacrificio del toro según los cánones de la lidia es el mayor tributo que se rinde a su condición de animal bravo, un ser que no huye, sino que pelea. En una sociedad plural, es natural que coexistan visiones encontradas y posturas críticas que merecen ser escuchadas; sin embargo, el respeto a la libertad de pensamiento debe ser la base para que la afición y el disenso convivan sin imposiciones. Hoy, cuando los vientos del prohibicionismo soplan con fuerza desde congresos que “mayoritean” lo “políticamente correcto”, es imperativo descorrer la cortina de humo del sentimentalismo para observar los engranajes económicos e ideológicos que mueven la maquinaria abolicionista. No estamos ante un debate ético desinteresado; estamos ante una ofensiva comercial y política de escala global que utiliza al toro como rehén para imponer una visión del mundo dictada por intereses transnacionales.

El “Caballo de Troya” que asfixió a Barcelona tiene nombre y apellido: Leonardo Anselmi. Este activista argentino fue el rostro de la plataforma Prou!, pero su éxito en el Parlamento Catalán no fue producto de un humanismo espontáneo. Anselmi supo capitalizar el sentimiento nacionalista para presentar los toros como una “imposición centralista”, mientras se infiltraba en los congresos regionales con el respaldo financiero de la Fundación Franz Weber (FFW) y la World Animal Protection (WAP). Detrás de esta fachada, opera el interés de la industria del pet care; un mercado que factura miles de millones y busca desplazar la cultura del animal como rito y símbolo para sustituirla por la del animal como producto de consumo. Al eliminar la tauromaquia, se busca que la naturaleza sea un cliente cautivo de corporaciones como Mars Petcare y Nestlé Purina, quienes auspician indirectamente campañas que transforman a los animales en mascotas humanizadas que dependen de piensos, fármacos y accesorios. Es el triunfo de la “higiene” moral sobre la verdad del campo.

Desde el punto de vista científico, la desaparición de la lidia supone una tragedia ecológica irreversible. El Toro de Lidia (Bos taurus ludius) es una joya genética única; estudios de la Unión de Criadores de Toros de Lidia confirman que esta raza posee un ADN inexistente en cualquier otra variedad bovina, resultado de siglos de selección por bravura. Si se acaba la fiesta, se acaba el toro y con él, el ecosistema de la dehesa -pulmón de España y México- que alberga especies protegidas. Quienes dicen “amar al animal” están firmando, en realidad, su sentencia de muerte biológica. Además, se ignora el valor de su carne de lidia, un producto de consumo excepcional, la más ecológica y saludable del mercado, proveniente de un animal que ha vivido en total libertad durante cuatro o cinco años. Negar la lidia es negar también una soberanía alimentaria basada en la pureza y el respeto al ciclo natural del animal.

Culturalmente, la fiesta es el alma de los pueblos; es la “poesía en movimiento” que fascinó a García Lorca, quien definía a España como el único país donde la muerte es un espectáculo nacional. Esta profundidad antropológica choca con la paradoja ideológica de la política internacional. El fenómeno del Partido Verde Ecologista de México (PVEM) es un síntoma de la red de Global Greens, donde los derechos del animal y los “derechos reproductivos” son pilares innegociables financiados por los mismos centros de poder. Resulta estremecedor que el PVEM, respaldado por la Humane Society International (HSI) y PETA, se desgarre las vestiduras por la muerte de un toro con honor en la plaza mientras promueve agendas financiadas por la Open Society Foundations y la International Planned Parenthood Federation (IPPF) para desproteger la vida humana en el vientre materno.

Esta doble moral es una constante en la red global: el PACMA en España, la Alianza 90/Los Verdes en Alemania y Europe Écologie Les Verts en Francia, utilizan el animalismo como bandera de marketing para captar el voto urbano mientras legislan a favor de la muerte del no nacido. Es la paradoja del siglo XXI: se le otorgan derechos de persona a un animal mientras se le quita la condición de persona al ser humano por nacer. En México, el pragmatismo del PVEM -que ya dejó morir a miles de animales tras la prohibición en circos- evidencia que su lucha no es ética, sino comercial.

La tauromaquia es la última frontera de lo auténtico. Defenderla es defender la biodiversidad, la libertad de culto y la honestidad ante la finitud. Como apunta el cronista Rubén Amón, la sociedad actual es “cursi”, y le escandaliza un rito que le recuerda que somos mortales. El ataque a los toros no busca salvar al animal, busca domesticar al hombre y alimentar a las multinacionales del “ecologismo” de oficina.

QUE VIVAN LOS TOROS, porque en su bravura reside una verdad que la corrección política y la doble moral de los lobbies nunca podrán apagar.