En las festividades de inicio de noviembre en Hidalgo conviven dos lenguajes distintos. Por un lado, la memoria ritual del Xantolo, Todos los Santos y el Día de Fieles Difuntos; por el otro, la estética del entretenimiento global importada a través del Halloween. La distancia entre ambos fenómenos parece clara en el papel, pero en la práctica cotidiana la frontera es cada vez más delgada.
Este año, la festividad cobró un fuerte impulso con actividades culturales y comunitarias desarrolladas en los 84 municipios del estado. Sin embargo, la mezcla de imaginarios se hizo evidente durante la tarde y noche de este domingo en el centro de Pachuca. El municipio organizó una celebración con intención tradicional, pero el resultado terminó combinándose con disfraces ajenos a la identidad mexicana, integrando elementos de distintas culturas e incluso de creencias que pueden distorsionar el sentido de la fecha cuando los eventos se realizan sin una planeación clara.
La escena en la capital no fue aislada. En desfiles y contingentes organizados por diversas dependencias coinciden representaciones auténticas de la Huasteca y máscaras de cuadrilla junto a personajes de terror anglosajón y referentes del cine comercial. En medio de ese mosaico destacan las catrinas, figura que nació como una sátira social de José Guadalupe Posada para cuestionar la negación de nuestras raíces y que hoy, paradójicamente, corre el riesgo de reducirse a un simple maquillaje estético o ser englobada como un personaje más dentro de la misma pasarela de disfraces.
A esto se suma la confección de altares que, en ocasiones, pierden su rigor simbólico —la distinción entre la bienvenida a las almas inocentes en Todos los Santos y el tributo a los adultos en los Fieles Difuntos— para convertirse en simples escenografías decorativas.
El Xantolo no es un concurso de disfraces, la catrina no es un personaje de terror y el altar tampoco es una utilería: son actos de memoria comunitaria con un profundo sentido de acogida a los ancestros. En cambio, la fiesta de brujas responde a una lógica mercantil y de esparcimiento. Cuando la representación oficial diluye esa diferencia, la tradición pierde su peso simbólico para convertirse en un mero espectáculo de temporada.
Llama la atención el enorme despliegue y la prioridad otorgada a estas celebraciones en la agenda pública, contrastando con el perfil discreto o casi inexistente que han tenido en la entidad otras fechas de alto arraigo social, como las festividades del Día de Reyes.
De mantener esta inercia, llegará el momento en que el Xantolo, el Día de Muertos, Todos los Santos y el Halloween parezcan una misma festividad ante los ojos de la ciudadanía. Evitarlo requiere que las oficinas de cultura en la entidad comiencen a clarificar los objetivos de cada celebración en sus programas públicos. La cultura es viva y absorbe influencias, pero distinguir la raíz del adorno no es un afán de purismo, sino un ejercicio necesario de responsabilidad identitaria.