Por León Cáster. El debate sobre la tauromaquia en Hidalgo ha tomado una fuerza considerable en las últimas semanas.
En la actualidad, es común ver el internet inundado de propaganda anti y videos en redes sociales donde actrices y conductores de televisión exigen de manera enérgica la abolición de las corridas de toros. Sin embargo, cuando se busca un poco más allá de las imágenes llamativas y las frases emotivas hechas con ia, queda en evidencia que el activismo de muchas celebridades suele responder más a una estrategia de relaciones públicas y conveniencia comercial que a una convicción congruente con sus propias vidas y carreras.
Esta tendencia no se limita a las grandes figuras internacionales, sino que ya se refleja a nivel regional. En los últimos días, en el estado de Hidalgo ha llamado la atención la aparición de un activismo que se percibe extrañamente “coordinado” y “uniformado” en varios portales digitales locales, donde se replican los mismos discursos de forma simultánea.
Al mismo tiempo, se han desatado ataques y descalificaciones en plataformas digitales en contra de aquellos medios de comunicación y portales independientes que deciden no compartir estas campañas prediseñadas, lo que genera especulaciones sobre el verdadero origen de este repentino interés local.
Los rostros más visibles de estas campañas a nivel nacional siguen siendo la actriz Kate del Castillo y el conductor Marco Antonio Regil, quienes encabezan los anuncios de la organización internacional Personas por el Trato Ético de los Animales, mejor conocida como PETA. Esta organización civil está registrada en Estados Unidos bajo el esquema fiscal 501(c)(3), lo que significa que es una entidad sin fines de lucro que financia sus costosas campañas publicitarias mediante donaciones deducibles de impuestos.
Aunque la política oficial de PETA señala que las celebridades no reciben un sueldo directo por prestar su imagen, la realidad es que el beneficio que obtienen los artistas no es en efectivo, sino en una moneda mucho más valiosa dentro del mundo del espectáculo: la reputación y la vigencia en el mercado norteamericano. Hoy en día, las grandes marcas transnacionales exigen que los famosos tengan una agenda de responsabilidad social para poder firmar contratos comerciales con ellos.
Una prueba de ello es la difusión de su material antitaurino en las redes sociales del programa hecho en Miami “El Gordo y la Flaca” conducido por conductores de espectáculos ajenos a la cultura y tradición de México, pero ligados a todo el sistema de PETA en la Unión Americana.
Pero el problema principal de este activismo de pasarela surge cuando se revisa el pasado y el presente de sus protagonistas, donde las contradicciones saltan a la vista. En el caso de Marco Antonio Regil, el propio conductor ha tenido que reconocer públicamente la autenticidad de fotografías de su juventud donde se le ve como asistente a las corridas de toros en el Coliseo de Torreón; una postura que justificó argumentando una falta de conciencia en aquellos años.
Por su parte, Kate del Castillo creció cercana al medio taurino debido a que su tío era torero, e incluso recientemente su propia hermana, la conductora Verónica del Castillo, fue captada en primera fila disfrutando de una corrida en la Plaza México, evidenciando que el gusto por la fiesta brava es parte de su entorno inmediato.
Más allá del pasado familiar, la incongruencia más profunda de la protagonista de La Reina del Sur se encuentra en su propia actividad profesional. Mientras Del Castillo ataca la tauromaquia calificándola de crueldad, su carrera cinematográfica y televisiva se ha desarrollado en una industria que históricamente ha lucrado con el uso de animales para filmaciones verdaderamente violentas.
El rodaje de series cinematográficas implica someter a caballos y otras especies a largas jornadas de filmación, transporte constante y altos niveles de estrés para generar ganancias millonarias. Para los defensores del sector taurino, este activismo resulta sumamente selectivo: se ataca con severidad a una tradición cultural arraigada en México que genera miles de empleos legítimos, pero se guarda silencio ante los excesos y la explotación animal de la industria del entretenimiento que financia las carreras de estos mismos actores.
La tauromaquia en México es una actividad regulada por las autoridades locales y genera una cadena económica que sostiene a ganaderos, veterinarios, artesanos y trabajadores de las plazas. Intentar prohibirla basándose en campañas diseñadas desde el extranjero y ajeno a nuestra cultura, por figuras que acomodan su discurso según las tendencias del mercado resulta arriesgado para la economía de muchas familias.
El análisis de las tradiciones de nuestro país debe hacerse con base en la realidad social, jurídica y económica de México, y no a través del filtro de celebridades que un día posan ante las cámaras para limpiar su imagen y al día siguiente regresan a los sets de filmación a seguir lucrando con el trabajo de los animales.
El activismo de los famosos puede ser muy vistoso en las redes sociales, pero carece de la consistencia necesaria para decidir sobre la cultura de un pueblo.