Por León Caster. La cercanía con el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) y la saturación industrial del Valle de México han colocado a municipios como Tizayuca, Villa de Tezontepec y la zona metropolitana de Pachuca en la mira de las grandes inversiones de manufactura y logística. Sin embargo, detrás de las proyecciones de empleo y crecimiento económico, se esconde una realidad física ineludible que ningún discurso puede matizar: la crisis del agua.
Para entender la dimensión del problema con datos duros y comprobables, basta con revisar los informes técnicos de la Comisión Nacional del Agua (Conagua). El acuífero Cuautitlán-Pachuca, que abastece a esta región en expansión, se encuentra desde hace años en un estado crítico de sobreexplotación. De acuerdo con los balances hídricos oficiales, el volumen de agua que se extrae anualmente supera por millones de metros cúbicos a la recarga natural que recibe por lluvias. En términos llanos, la región está gastando sus ahorros de agua subterránea a un ritmo insostenible.
Ante este panorama, la gestión pública se enfrenta a la necesidad de equilibrar dos visiones legítimas pero opuestas:
El encuadre del crecimiento económico: Impulsado por los sectores gubernamentales y empresariales, este enfoque destaca la llegada de capitales, la creación de empleos formales y la conectividad logística. Desde esta perspectiva, frenar la instalación de plantas industriales significaría condenar a la región al rezago económico y perder la oportunidad histórica del nearshoring (la relocalización de empresas globales).
El encuadre de la sustentabilidad social: Sostenido por comunidades locales, académicos y defensores ambientales, este reflector apunta a la vida cotidiana. Muestra el desabasto en las colonias populares, el incremento de los costos de distribución por pipas y el riesgo de que el desarrollo industrial termine por secar los pozos que abastecen el consumo humano e hidráulico básico del estado.
Atraer una empresa de alta tecnología o un centro de distribución masivo no es un logro completo si la infraestructura local no puede garantizar el agua para los nuevos trabajadores y sus familias sin despojar a los habitantes que ya residen en la zona.
El futuro de Hidalgo depende de condicionar el desarrollo industrial a proyectos de economía circular (como el uso estricto de agua tratada para procesos fabriles), la recarga artificial de acuíferos y una inversión histórica en la red de distribución para evitar que casi el 40% del agua limpia se pierda en fugas.
Ver el escenario completo nos obliga a aceptar que el progreso económico es indispensable, pero que la viabilidad ecológica del territorio es vital. El desarrollo industrial solo será real si es sostenible; de lo contrario, el crecimiento de hoy será la escasez del mañana.