Por León Caster. Durante mucho tiempo, llegar a un cargo público exigía un trabajo territorial de años: picar piedra en las colonias, construir liderazgos locales y demostrar una trayectoria que respaldara la candidatura. Hoy, las reglas del juego cambiaron drásticamente. En la política contemporánea, el perfil, la capacidad técnica y la preparación del candidato han pasado a un segundo plano ante el aplastante dominio de la marca partidista.
El fenómeno es medible y constante. En los últimos procesos electorales, la tendencia del voto en el estado demuestra que más del 70% de los electores cruza la boleta motivado por la sigla del partido o el arrastre de la figura nacional que lo encabeza, sin conocer siquiera el nombre o la trayectoria de quien busca representarlos en el Congreso local o en la presidencia municipal. La sigla se convirtió en un cheque en blanco.
Esta dinámica generó un pragmatismo feroz dentro de la clase política. Perfiles sin arraigo comunitario, cuadros improvisados o personajes con antecedentes cuestionables logran obtener triunfos contundentes en las urnas simplemente por conseguir el cobijo del logotipo correcto. Del otro lado, perfiles con preparación técnica y trabajo comunitario real quedan desplazados porque la marca que representan ya no conecta con el electorado. El empaque terminó importando más que el contenido.
El problema de este modelo no está en las urnas, sino en el ejercicio del gobierno. Cuando la marca lo hace todo, el compromiso del representante con la ciudadanía se diluye. El funcionario ya no le debe su triunfo a la gente de su distrito, sino a la franquicia política que lo postuló. El resultado en los ayuntamientos y legislaturas es evidente: perfiles débiles, incapacidad para debatir con argumentos y una dependencia absoluta de la agenda que se dicta desde arriba.
Votar a ciegas por un color o un escudo puede resolver una elección, pero no resuelve los problemas de la calle. Mientras el valor de un político dependa de la franquicia que lo abandera y no de su capacidad para dar resultados, la sociedad seguirá pagando el costo de la improvisación en la gestión pública. La marca asegura el triunfo electoral; la capacidad es lo único que garantiza el desarrollo de un estado.