PUNTO ARGUMENTAL
El doble terremoto que sacudió a Venezuela hace unos días ha dejado una estampa de dolor que le ha dado la vuelta al mundo. Ver a los rescatistas internacionales, entre ellos a los “Topos” mexicanos, escarbando entre los escombros de los edificios colapsados en el municipio Chacao de Caracas, es la viva imagen de una tragedia provocada por la naturaleza. Sin embargo, detrás del polvo y el cemento caído, se esconde una verdad mucho más profunda que cualquier analista serio debe poner sobre la mesa: los sismos destruyen estructuras, pero la política destruye las sociedades.
Para poner las cosas en perspectiva y ver el escenario completo, se requiere recurrir a los datos y a la historia reciente. El chavismo cumplió este mes de junio de 2026 un total de 27 años y 4 meses de gobernar a Venezuela. Durante casi tres décadas, el discurso oficial se empeñó en encuadrar su gestión bajo el relato de la justicia social y el bienestar. No obstante, los indicadores reales previos al sismo -documentados exhaustivamente por organismos como la ONU, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y Amnistía Internacional- demuestran que el país ya vivía en ruinas mucho antes de que la tierra comenzara a moverse.
Los sismos no destruyen solos; destruye la vulnerabilidad de un país para resistirlos y atender a sus víctimas. La Federación Farmacéutica Venezolana y diversos informes de Naciones Unidas ya advertían, desde hace años, una realidad de desamparo absoluto:
Hospitales en el colapso: Antes de la tragedia, más del 80% de los hospitales públicos del país ya registraban desabasto crónico de insumos básicos (jeringas, gasas, anestésicos) y fallas estructurales severas, como cortes diarios de luz y la falta de agua corriente en los quirófanos.
La escasez de medicinas: Los índices de desabastecimiento de fármacos esenciales para enfermedades crónicas o de emergencias superaban el 70% en las principales ciudades, obligando a los ciudadanos a depender del mercado negro o de remesas internacionales para sobrevivir.
Ausencia de alimentos: La alarmante inseguridad alimentaria, derivada de la destrucción del aparato productivo interno y la hiperinflación, ya había provocado que la desnutrición infantil y la pérdida de peso generalizada fueran la norma en los sectores más vulnerables de la población.
Cuando un terremoto de magnitud 7.5 golpea a una nación con estas carencias, el desastre natural se convierte inmediatamente en una catástrofe humanitaria de proporciones exponenciales. El sismo de hace unos días tiró paredes y techos en segundos, pero el modelo político del chavismo ya había desmantelado la red de seguridad médica, los cuerpos de bomberos, las capacidades de protección civil y el acceso a la salud de millones de venezolanos a lo largo de 27 años.
El encuadre del gobierno intentará culpar a la fatalidad de la naturaleza o a las sanciones externas por la lentitud en la atención y la cantidad de víctimas. La oposición y los críticos señalarán, con justa razón, los mapas del desastre actual. Pero al analizar los datos comprobables, la conclusión es ineludible: la fuerza de la naturaleza causó un daño material visible y doloroso, pero el daño institucional y humano acumulado por el régimen ha sido, por mucho, el terremoto más devastador y prolongado que ha sufrido Venezuela.