La ciudad que dejó de respirar

ENGRANES DE PODER

Por Victor González Herrero @VicGlezHerrero

En Pachuca ya no llueve igual.

Antes la lluvia significaba frío, café, a veces neblina y esa postal tan característica de la Bella Airosa. Hoy, cada tormenta parece convertirse en una auditoría pública al abandono, a la improvisación y a décadas enteras de decisiones mal planeadas y peor aún, mal ejecutadas.

Basta una lluvia medianamente fuerte para que la ciudad colapse. Calles convertidas en ríos, tráfico paralizado, alcantarillas reventadas y como fuentes brotantes, semáforos inutilizados, colonias inundadas y ciudadanos resignados a una frase peligrosamente normalizada: “Así pasa siempre que llueve.”

Y quizás ahí está el verdadero problema. No en la lluvia. No en el clima. No en la temporada. El problema está en que Pachuca y su Zona Metropolitana se acostumbró a sobrevivir, cuando debería estar planeando y pensando en el futuro.

Durante años, distintas administraciones municipales y estatales han gobernado con la lógica de apagar incendios y no de prevenirlos. Obras parchadas, crecimiento urbano sin visión de largo plazo, desarrollos aprobados sin considerar agua potable, movilidad, drenaje o impacto ambiental, y una ciudad que creció más rápido que la capacidad de quienes debían ordenarla.

Y hoy, la consecuencia la vivimos todos.

Porque esto dejó de ser un asunto técnico, para convertirse en un asunto de calidad de vida. Y sí, también cada árbol talado para abrir más concreto y ampliar calles y avenidas, termina teniendo un altísimo costo. Cada área verde ignorada. Cada permiso entregado sin planeación integral. Cada obra pensada para la foto del momento y no para durar. Todo termina regresando en forma de inundaciones, calor, caos vial y una ciudad cada vez más hostil para quienes la habitamos. ¿Dónde quedamos los ciudadanos?

Y lo más preocupante es que pareciera que seguimos atrapados en la cultura política de la reacción.

Se reacciona cuando la calle ya se inundó.

Se reacciona cuando los vecinos ya protestaron y cerraron una avenida.

Se reacciona cuando las redes sociales explotan y viralizan una problemática común.

Se reacciona… cuando el problema ya es imposible de parar o de ocultar.

Pero planear… eso casi nunca llega. La política moderna exige otra cosa. Gobernar una ciudad ya no puede reducirse a inaugurar obras, grabar reels o administrar crisis de medios y de imagen. Hoy gobernar implica anticiparse, escuchar especialistas, dialogar con ciudadanos, socializar las obras y proyectos y entender que las ciudades exitosas no se construyen pensando en el siguiente boletín de prensa, sino en las próximas y futuras generaciones.

Porque hay algo todavía más profundo ocurriendo en Pachuca: la ciudadanía comenzó a sentir que la ciudad dejó de diseñarse para las personas y que el pueblo, dejó de importar.

Y cuando eso sucede, cualquier árbol se convierte en símbolo. Cualquier lluvia se convierte en enojo colectivo. Cualquier obra genera sospecha. Cualquier decisión pública empieza a percibirse distante.

Y debemos aclarar que esto no es porque la gente esté en contra del desarrollo o en contra de las autoridades en turno. Ese es el error que muchos cometen al interpretar el malestar social.

La ciudadanía no rechaza el crecimiento. Rechaza crecer peor. Rechaza sentir que siempre se improvisa. Rechaza que no se les tome en cuenta en las decisiones. Rechaza descubrir que nadie previó el impacto de nada.

Rechaza vivir en una ciudad donde cada temporada exhibe las mismas fallas una y otra vez y donde cada administración parece comenzar de cero, como si nunca hubiera existido una lección previa.

Y sí, sería injusto cargarle toda la responsabilidad a un solo gobierno o a un solo color político. El deterioro urbano no aparece de la noche a la mañana. Se acumula. Se hereda. Se tolera. Se normaliza. Ahí está precisamente lo delicado.

Pachuca lleva años acumulando decisiones equivocadas que hoy comienzan a cobrar factura al mismo tiempo.

Aunque duela decirlo, las ciudades también se cansan. Se cansan de la improvisación y del corto plazo.

Se cansan de gobiernos que administran el presente sin atreverse a construir futuro, a pensar en lo realmente sostenible.

Y mientras otras ciudades discuten sobre movilidad sustentable, urbanismo inteligente, recuperación ambiental y de espacios, y una planeación integral, aquí seguimos sorprendidos porque una lluviecita paraliza avenidas enteras.

Eso ya no debería parecernos normal. Quizá el mayor riesgo para Pachuca no sea el agua que cae del cielo, sino la costumbre de aceptar que nada cambie.

Porque cuando una ciudad se acostumbra al abandono, el deterioro deja de generar indignación y comienza a convertirse en paisaje. Y eso, políticamente, es mucho más peligroso que cualquier tormenta.

Seamos claros, las ciudades no colapsan de un día para otro. Primero dejan de escuchar y luego dejan de respirar. ¿Hasta cuándo?

Al tiempo.